miércoles, 17 de diciembre de 2008

MARICA


Cuando vio como me cambiaba la expresión del rostro, salió corriendo.
Me ha encantado los nuevos paneles de Brilli-Brilli y espero que me perdone el robo a mano armada que he hecho de sus últimas fotos -a Brilli lo podeis ver enlazado a la diestra; sus paneles sobre la Ira son estupendos, hay que leerlos-. Y cuando he leído a nuestro Bruto -también enlazado y bien enlazado en dicha parte de mi blog para que podais visitarlo como manda la Santa Madre Iglesia de Thiaguín (que fue el que me incitó a iniciar estos escritos)- me ha venido a la mente aquella anécdota que acabó por asustarme.
Dicen que el ser humano puede pasar del amor al odio en cuestión de segundos, y de la Paz a la Ira en décimas del referido tiempo. Es verdad.
En aquella ocasión, he de reconocer que pasé a la Ira casi instantáneamente. No me costó ningún esfuerzo.
Cuenta nuestro amigo Bruto en su blog que era común en su Residencia de Estudiantes practicar novatadas a los alumnos de nuevo ingreso. Tema éste, el de las novatadas, que nunca me hizo gracia cuando yo llegué al internado de mis juveniles días.
He de reconocer que a mí no llegaron nunca a someterme a dichos tormentos. Quizás por mi aspecto de timidez, por mi mirada o porque llegué a parecer persona débil o quizás irascible o vengativa. No sé.
Pero aunque no tengo constancia de haber ido por allí en aquellos días soltando plumas, entiendo que una educación prácticamente femenina quizás me hizo parecer demasiado refinado en aquel mundo de brutos. Mundo en el que nunca permití que se me encasillara en nada. Nunca me gustaron los encasillamientos y cuando alguien pensaba que era domable, entonces me revestía de rebeldía hasta no más poder llegando incluso a ser soberbio.
Aún recuerdo lo que aquel formador me dijo un día cuando nos echaba la bronca a Carlos y a mí:
-A tí, Angel, ni me molesto en decirte nada. Porque eres tremendo. Te daría absolutamente igual: por una oreja te entra y por otra te sale. Puedes llegar a ser desquiciante.
En fin! Yo nunca me tuve por tal. Pero según este Cura podría sacar de quicio a cualquier persona del mundo mundial. Y he de reconocer que nunca he entendido esa definición que el Cura hizo de mi persona. Pero supongo que todo es cuestión de opiniones.
A lo que iba.
Me cambió el color de la piel, del rostro, del cuerpo; me cambió la posición del cabello -incluso del púbico-, la forma de mis uñas y la fijación de mis dientes. Yo mismo me reconozco retroactivamente -y en aquel momento- en la foto de la Ira que Brilli-Brilli nos muestra en su blog y que yo le he robado -mea culpa, segunda vez que lo digo- colocándola al inicio del panel.
Se acercó el interno y dijo insultándome:
-¡Marica! ¡eres un marica!
Yo nunca tuve problema en ser un marica o no serlo. Es más, tampoco lo había planteado ni recuerdo -como ya he dicho- soltar tantas plumas para que aquel esperpento de compañero me definiera como tal.
Fue entonces cuando la ira se apoderó de mi persona. Y él debió de verlo porque salío corriendo.
No he sido nunca muy deportista -sí ciclista- pero aunque el esperpento criticador corría, la ira instalada en mis piernas y en mi persona salió corriendo detrás del chaval.
Fue cuando la misma ira entendía que ya estaba en posición cuando me hizo subir la pierna con tal furia endemoniada que en vez de atizarle una patada en el trasero como yo pretendía, mi pie se coló entre sus piernas por detrás y le dí, con toda la ira que me dominaba, una patada en los cojones que lo dejé muerto.
Yo mismo noté que le había reventado sus partes. Y cuando la ira me hizo retroceder con toda naturalidad del lugar de donde había salído corriendo, vi que estaba en el suelo con las manos sujetando sus colgantes partes tirado por los suelos retorciéndose de dolor y entre lágrimas varias.
Entonces la Ira me dijo: ¡Que se joda! ¡A ver cuándo me llama Maricón de nuevo!
No debió de chivarse a ningún superior porque supongo que hubiera debido de enseñarle las pelotas... y claro! le daría vergüenza. Pero el chaval se quedó -me consta- retorcido por los suelos largo rato hasta que logró recuperarse.
He de reconocer que cuando la ira me abandonó, me asustó lo que había hecho. Pero he de reconocer, igualmente, que aquel Burro no tuvo nunca jamás la ocurrencia de decirme ni dirigirme nunca la palabra.
A dios le di las gracias. No merecía la pena perder el tiempo con semejante idiota.
Desde entonces, nadio osó practicarme una novatada.

martes, 9 de diciembre de 2008

La Seu




Hay muchas versiones del "Collige Rosas", del "Carpe Diem" o del "Vive la Vida". Pero la última versión, me ha descolocado los huesos. Muerto me he quedado.
Cuando viajo a Valencia, suelo ir con mi pareja a cenar los sábados por la noche a un restaurante del Casco antiguo. Y después de darnos una ligera comilona -ligera la de mi pareja, porque yo acabo por comerme mis platos, los suyos y los de los vecinos si se dejan (uno tiene siempre unas hambres devoradoras a esas horas)- suele ser común que tomemos alguna copa en algún local del Barrio del "El Carmen" que a mí tanto me gusta -esas casas semiderruidas, esas callejas oscuras y ese mundillo apaciguado y tenebroso que adquiere el barrio, me seduce mucho-.
En esta ocasión -y en muchas otras- pasamos a un pequeño local al lado de La Catedral de Valencia, llamado "Café de La Seu". Mi ínclito visitador y comentarista Brilli-Brilli, sabrá de forma certera el local de que se trata.
Pues bien. Una vez sentados y con el Agua de Valencia -una buena jarra!- en mano, acudieron al recinto dos machos ya entraditos en edad y se colocaron muy amistosamente al lado de nuestra mesa.
-¡Uy, mira! Aquí pone que el jueves primero y segundo de cada mes hay fiesta de la espuma. ¡Qué maravilla, chico! -le decía uno al otro mientras le enseñaba un papelito con dos tiazos en calzoncillos y en botas militares -sin más ropa, según vi-
-¡Ahhhhhhh! Ya! ya!... pero ¡mira!: Los terceros y los cuartos de cada mes, la fiesta es más completa; ¡fiesta naturista! ¡eso, chico, quiere decir que todo va colgando! ¡desnuditos todos! ¡fijate lo que será ver todo eso desnudo! ¡todo al aire, chico! ¡al aire!- le respondía el segundo al primero.
Mi pareja y yo sonreimos por lo bajini mientras nuestros venerables compañeros nos miraban con sonrisas picaronas al ver que habíamos oido perfectamente la conversación.
Mientras que los abuelos se traían esos devaneos y hablaban de condones y cosas varias, siempre relacionadas con el buen hacer del sexo masculino, nosotros nos tomábamos el Agua de Valencia, copa va y copa viene, a la vez que otros dos extranjeros que no hacían nada más que pedirnos constantemente fuego -fuego les daría yo! ¡fuego! jajaj!- le echaban los tejos a mi chico tomándose sus siete jarras de Agua de Valencia -menuda cogorcia llevaban ya encima los elementos nórdicos-. Pues eso, mientras en esas estábamos, he aquí que pasaron unos chavalines guapísimos por la puerta y con unos cuerpecitos elegantemente bellos y cuidados. Bien peinaditos, con todo colocadito y soltando alguna pluma para hacerse notar. Guapísimos, para qué negarlo -he ahí una referencia en las fotos que he colgado-.
Los abuelos, inmediatamente, lanzaron sus devoradoras miradas hacia la nueva carne entrante. La del local ya la tenían controlada y tras una mirada lividinosa de arriba a abajo a aquellos cuerpos esculturales, no pudieron controlar sus ansias sen y sexuales. Vamos! que yo creo que se empalmaron mientras los chavalines pasaban a su lado sin ni siquiera mirar a tan ínclitos representantes de los años treinta.
-¡No te preocupes chico!, le decía uno al otro. ¡Que éstos son muy guapos! -supongo que venía a reconocer la imposibilidad de sus deseos-
-¡Ah, sí! Serán muy guapos y estarán muy buenos, pero también se van a hacer viejos como nosotros, le contestó el otro al uno.
Yo me quedé muerto, porque rápidamente vinieron a mi mente aquellos versos de Jorge Manrique: "Nuestras Vidas son los rios que van a dar a la mar...", mientras me quedaba melancólicamente mirando a mi chico que seguía con su copa observándome con sus sonrisas amorosas. Nunca pensé que en un lugar tan liberado pudiera yo encontrar una literatura tan profunda. Ni de copas, ni con copas ni con Agua de Valencia, a uno le dejan vivir tranquilo olvidándose de la espectante muerte.
-Definitivamente, estos abuelos -le dije a mi chico- son malos, malísimos.
-Sí! Pero lo que no saben los gilipollas es que a esos chavalines les queda mucha vida por vivir.
-¡Ya!... ¡Pero no sé si eso es un consuelo! -le respondía yo-

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cristo-fobia










Cuando Luna vió mi nueva adquisición, dijo que ella nunca jamás volvería a dormir en mi dormitorio. Bien estaba, según ella, que tuviera que dormir con una "preciosa" -según mi opinión- talla de San Juan -Un San Juanito en pelotas de pequeñas dimensiones con su culito al aire y sus partes íntimas al fresco-, pero dormir con semejante Cristo en la pared de mi dormitorio ya le parecía excesivo. No estaba dispuesta a ello. No quería ni pensar el hecho de estar plácidamente durmiento y despertarse mientras le observaba mi Precioso Cristo del Siglo XVII cuya foto adjunto y que ha sido una de mis adquisiciones favoritas en cuanto al Gitano "Cudeiro" se refiere.
-¡Ah, payo! ¡te llevas una buena pieza! ¡que te lo dice el Gitano Juan!... ¡Ay payo! Que es un Cristo mu bueno. Ques del XVII. Que te lo digo yo, que ya sabes que yo a ti taprecio mucho!- Me decía Mi Gitano mientras me vendía el Cristo.

Ciertamente, a mí el Cristo me parece precioso. Del XVII bien entrado, mi Cristo abre los brazos como si no estuviera Crucificado -y es que no lo está, dado que en el transcurrir del tiempo ha perdido la Cruz donde estaba clavado, conservando al respecto, únicamente, unos preciosos clavos de forja que todavía mantiene en sus manos y pies-. Es un Cristo abrazador, dado que, a diferencia de los Cristos Jansenistas que parecían estrechar sus brazos indicando que la salvación era para unos pocos elegidos, entresacados y escogidos, mi Cristo tiene los brazos bien abiertos para acoger a todo pecador, no pecador o todo ser viviente que se precie. Y por eso me gusta tanto. Además de por tus pies que, alargados y bien estilizados -hay que reconocer que mi Cristo está muy bueno- me recuerdan al Manierismo Renacentista más puro.

Pero el caso es que a Luna no le ha gustado nada. Y parece que incluso le da miedo. No entiendo por qué. Y claro, cuando venga por casa -es amiga de la familia- tendré que, o bien retirar mi Cristo, o bien alojarla en otra dependencia. Y no es cuestión. Vamos... que no estoy dispuesto a ello.¿Por qué? Porque ahora que estamos en plena polémica con la reirada de los Cristos, me parecería muy feo hacerle esa jugarreta a mi Precioso Cristo del XVII. Que lo quiten de los colegios, está bien. Pero yo no estoy dispuesto a retirarlo de mi dormitorio. De ninguna de las maneras.He de reconocer que en mi colegio público había unos Cristos muy discretos que siempre pasaron por tales, y he de reconocer que no recuerdo que en mi Colegio Privado Religioso hubiera Cristos Semejantes. El caso es que a mí, que hubiera o no hubiera Cristos en las escuelas, me daba sinceramente igual. No me traumatizaba por eso. Ni mucho Menos.

Y es que, siempre ha sido muy amante de lo Simbólico. Me ha encantado todo la simbología religiosa. Y por eso no entiendo esa polémica de los Cristos y su retirada así como tampoco entendería la retirada de las estrellas de David o los símbolos islámicos de las escuelas. Bueno, sí. Lo puedo entender, pero me parece una polémica un tanto absurda. A fin de cuentas, toda simbología religiosa lleva aparejada unas connotaciones históricas y culturales de los pueblos donde se encuentran. Y es evidente, que en España, los símbolos cristianos, judios y árabes son innatos a nuestra propia historia y cultura. A nuestro arte, nuestra literatura y hasta nuestra personalidad.

Por eso me parece absurdo ese empeño por retirar los Cristos de todos los sitios públicos.

No obstante, unos los retiran y otros los compramos. Y claro! personalmente me viene muy bien. Porque si no, ¿dónde hubiera yo conseguido mi estupendo Cristo del Siglo XVII?. Menos mal que alguien lo ha retirado. Así yo lo he colocado en mi dormitorio, a pesar de lo que piense Luna.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Padre Espiritual

Aquellos años y en aquel Colegio existía una figura a la cual todos temíamos en sus primeros llamamientos.
Por regla general, durante las horas de estudio comunitario, me di cuenta que un día llamaban a un compañero para que fuera a hablar con uno de los Curas.
D. Antonio era una buenísima persona. Lo cierto es que si a mí el Vaticano me otorgara el Poder de conceder la Santidad, D. Antonio sería el primero de todos los Santos del Calendario. Llegué a apreciarlo tanto durante aquellos años y en días venideros que cuando le sobrevino la muerte mi alma lloraba por dentro al pensar que ya nunca podría mantener esas charlas ni observar aquella sonrisa cariñosa y protectora. Cura a la desacostumbrada usanza, D. Antonio, tras estudiar en Comillas y ordenarse Sacerdote, se largo a París recorriendo media Francia a la vez que perfeccionaba su estupendo francés siendo cura obrero.
Y tras su llegada a España y dado su dote para trabajar con la juventud y adolescencia, le otorgaron el cargo de Padre Espiritual en el que fuera mi Colegio, además de profesor de diversas materias -francés, latín, griego...- y tutor de cursos varios.
Y, como Padre Espiritual que era, D. Antonio ejercía su cargo con toda la dedicación del mundo.
Yo temía que llegara el momento, porque, según decían, D. Antonio te sentaba en una mesa camilla y allí mismo te exorcizaba mientras un brasero te calentaba tus piernas por debajo en honor al infierno que podría abrirse si tu lengua mentía a sus delicadas preguntas.
Llegado el día, recuerdo el toquecito en el estudio:
-¡Angel! Te llama D. Antonio. ¡A su habitación!.
¡Dios! Seguro que el infierno se abría de par en par al entrar en el recinto... y ya veía yo a D. Antonio haciéndome hacer examen de conciencia rigurosa mientras mi corazón latía rápidamente a un ritmo casi insoportable.
Llamé tímidamente a la puerta, y una voz grave me decía desde lo profundo del averno:
-¡Pasaaaaaa!
Fue entonces cuando D. Antonio me sentó en aquella mesa camilla. Y, para mi sorpresa, aquello no era tan doloroso como todo el mundo decía. Sencillamente, D. Antonio comenzó una conversación cualquiera -Te gusta Mecano, me han dicho! (me dijo)- y desde Mecano y Ana Torroja se inició una conversación de lo más agradable.
-¡Dios! -decía yo para mis adentros-. Seguro que ya queda poco para que me pregunte si me masturbo. ¡Seguro!... Al menos, todos dicen que lo pregunta. Si me pregunta eso, me muero. ¡Que no me lo pregunte, Dios Mío! ¡que no me lo pregunte! ¡que me muero!
-¿Y qué tal en tu pueblo? -Decía D. Antonio.
-Bien!
-Me cuentan que eres bastante tímido. ¿Es cierto?
-Sí, D. Antonio.
-Ah! También sé que te encantan los libros de arte. Tienes mi permiso para mirar mi enciclopedia y mi historia del Arte. Sabes que no a todo el mundo le está permitido. Hay muchos desnudos.
¡Ya! ¡ahora sí! -me decía yo- ¡Ahora seguro que me pregunta si me masturbo. Y si pienso en Chicas o en Chicos... y le tendré que decir que siempre pienso en Chicos... ¡dioooosssss! Y si no se lo digo, se va a dar cuenta... Miento tan mal, que seguro lo nota en mi mirada. ¡Seguro! Y cuando se entere de que pienso en Chicos, además de fulminarme por tocármela, me va a gritar por ser tan Maricón Perdido. Y se enterarán todos los curas... eso si no me colocan el San Benito: ¡aquí está el Maricón de la presente promoción!... ¡dios! ¡que no me lo pregunte!... ¡que yo me escapo del colegio! ¡aunque me tueste a hostias mi padre bendito! ¡que no me lo pregunte, dios mío!
-Es bonito contemplar el cuerpo humano, no obstante -seguía D. Antonio- y hay que tener capacidad para ello. Confío en que, a pesar de todo, puedas hacerlo. Contemplar sanamente el arte, me refiero.
-Sí, D. Antonio. Sí... me gusta mucho el románico.
-Ya. Por eso tienes permiso.
Esos ojos penetrantes me estaban desnudando por dentro. D. Antonio sabía que esperaba la pregunta maldita y sabía que me moría por dentro. Siguió mirándo a mis ojos y después de una larga y cariñosa sonrisa, me dijo:
-Ya puedes irte. ¡Recuerda!. No has de ser tan sensible ni tan tímido. Has de saber controlar todo lo que llevas dentro.
¡Vale! D. Antonio... procuraré seguir sus consejos.
Siempre he tenido la duda de saber si D. Antonio me conocía tan profundamente por dentro.

martes, 18 de noviembre de 2008

Luisma


Luisma era total.

Cuando llegué al internado, yo vivía en la más absoluta de las necedades en cuanto a la estética de Marcas se refiere.

Fue entonces cuando conocí a Luisma. No era el prototipo de chico con el cual yo tuviera mucho en común. Al parecer, sus padres habían determinado ingresarlo -como si de un enfermo mental se tratara- en el internado para reformar su conducta.

Guapo, atractivo y cargado de cientos de buenas marcas en sus polos, zapatillas, pantalones, calcetines y calzoncillos, Luisma fue todo un descubrimiento para mí.

En sus años anteriores había estudiado en un Instituto Público donde, cargados sus bolsillos de billetes muchos, había intimado con todos las personajes más influyentes del lugar y había dedicado, pues, sus inquietudes a la vida licenciosa sin pegar ni golpe en cuanto a sus estudios de Bachillerato se trataba. Sus padres tomaron cartas en el asunto, y al año siguiente fue a dar con sus lindos huesos y sus estupendas marcas en el supuesto riguroso internado, donde, una vez más, Luisma empezó a tratarse con la gente que él, según sus cánones monetarios, entendía que era la de más alta brillantez; o sea, con los que más marcas lucían.

Por eso; yo, que hasta el momento no sabía qué eran unas Zapas "naiq", una camisa "barberris", un pantalón "levis 501, etiqueta verde, rosa, amarilla y sabe dios qué más", un polo "polo", una colonia "farenjeiz", unos calzoncillos "calvinclein", unos calcetines "armani" y una cazadora "plumas con un pollo estampado", como no sabía qué era todo eso -digo- ni los lucía, he aquí que Luisma me ignoró cierto tiempo.

Recuerdo que pasaba meses con mil pesetas en el bolsillo, bien custodiadas, mientras que Luisma sacaba unos billetes de cinco-mil que alucinabas al verlos!.

Pero claro! él mismo se dió cuenta que sus amistades lucían muchas marcas pero eran realmente imbéciles -los pijos de aquellos días no podían tenerlo todo! jajaj!-... y todavía lo recuerdo bajar por la calle del internado mirándome de reojo como interesándose por mi amistad. Había decidido que le merecía más la pena rodearse de mi presencia y de la de mis amistades que de la presencia de aquellos modelitos que lucían todo tipo de prendas caras pero que eran más tontos "que forrondón" -como decían en el pueblo- alardeando siempre de ser unos machos foráneos.

Y fue entonces cuando Luisma se pegó a mi persona y empezamos a ser inseparables en todos los sentidos. A la hora de los recreos, a la hora de los paseos semanales, a la hora de los estudios e incluso a la hora de organizar las vacaciones.

Ahí empecé a descubrir el mundo de las marcas, que nunca me han sugerido nada en absoluto hasta que vi a Luisma en Calzoncillos Calvin Klain. Fue cuando íbamos a ponernos el bañador uno de esos veranos. Yo estaba acostumbrado a calzoncillos como los que siguen:


Pero los calzoncillos de Luisma eran espectaculares. Además de guapo, lucía unos calzoncillos estupendos.

Tengo que darle muchas gracias a Luisma.

Cuando se bajó aquellos preciosos calzoncillos... descubría yo que definitivamente algo pasaba por mis organismos. Tenía una configuración genital estupenda... Toda ella bien adornada con una buena mata de pelo negro.

Definitivamente, con los calzoncillos de Luisma, aprendí que era Gay.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Su Capullo -Servus Servorum-

Lo primero que siempre encuentro al volver a mi lugar de procedencia es la susodicha estampa. Lo cierto es que la portada de la Iglesia Parroquial es muy bonita. Pero los Marqueses de Cañete -La Gran familia Castellana de los Hurtado de Mendoza- hicieron estampar en la Iglesia, que según las crónicas financiaron, el famoso escudo.
Me resulta curioso que, en un pequeño pueblo y en tiempo tan antiguo (Siglo XVI) los aldeanos tuvieran ese sentido del sometimiento papal tan arraigado. Y es que, justo en la clave del arco de entrada a la Parroquia, se talló de forma evidente un escudo Papal con las tres tiaras -representando los tres poderes del Papa (espiritual y temporal básicamente) y las famosas Llaves que todo abren y todo cierran. Y allí sigue, justo en la cuesta de entrada al pueblo, en la calle principal de acceso al mismo. Ya 500 años y el escudo -aunque un poco desgastado- sigue tan tranquilo viendo pasar el tiempo y recordándonos a todos sus habitantes los poderes supremos de todos los "Papuchos" que en la historia han sido.
Yo, personalmente, no tengo nada contra de los Papuchos, aunque he de reconocer que nunca me han resultado muy simpáticos. Y cuando hablan de ellos como Su Santidal tal, Su Santidad cual, me pongo amarillo y siempre replico diciendo que las famosas Sus Santidades -S.S.- nada tiene que ver con el sentido que actualmente se le da, sino que las Santidades de Su Santidad, o sea, las "eses" hacen referencia a "Servus Servorum", es decir, el Siervo de los Siervos; ¡vamos! el más tirao del mundo mundial; es decir, el Siervo que sirve a los que sirven...
Y claro... los beatos interlocutores no me pueden soportar.
He de reconocer que me atraganto cada vez que contemplo el referido escudito cuando llego al pueblo (o al "rancho" -como un anónimo solía denominarle-) y lo primero que veo es el famoso escudo Papal. ¡Malditos marqueses y la madre que los parió a todos! ¡bien no la metieron a todos los paisanos con el escudito!...
Eso sí! me río cada vez que lo veo al recordar a un buen amigo mío quien, en cada ocasión que salía de fiesta y se tomaba una copa de más -hechos muy frecuentes en su vida diaria- se iba a la que fuera La Plaza del Caudillo -hoy de la Constitución- y ante el referido escudo -y ante el fotografiado escudo papal, que cercanos se encontraban- se bajaba sus pantalones mostrando su estupendo culo -¡qué bueno estaba Jesús, por dios! ¡qué culo!-. En otras ocasiones enfocaba su lindo pene al famoso escudo y retirándose los escrotos, hablaba de tal forma al escudo:
-¡Tomad, capullos! -decía mientras les enseñaba dicha flor -o sea, Su Capullo-. ¡Tomad capullos, hijos de puta!... ¡Toma capullo, Papa y toma capullo, Caudillo!...
Y claro... yo disfrutaba -entre carcajadas- viendo a Jesús con Su Capullo en mano hablando con los otros dos capullos -Papa y Caudillo-.
Eso sí! Tal comportamiento no pudo soportarse en la localidad ni por su Alcalde a cuyos oidos llegó la noticia de semejante espectáculo. Fue cuando el Regidor de turno tuvo que regañar a Jesús por mostrar tan fácilmente Su Hermoso Capullo. Eso sí! Jesús consiguió que quitaran la Placa de uno de los capullos menores -la del Caudillo, que presidía la plaza-, todo por Decreto Municipal... aunque la Papal quedó allí para siempre al considerarse Monumento Nacional.
Desde entonces, ya no he tenido la suerte de disfrutar con aquel Hermoso Capullo!



viernes, 14 de noviembre de 2008

Se queda atrás.

Hoy es uno de mis últimos días en mi actual trabajo. Después de unos años aquí, he de reconocer que me cuesta desprenderme de estos muros, de este Paisaje que contemplaba cada mañana desde mi ventana. Me he levantado con toda la melancolía en mis manos y he palpado cada rincón de mis recuerdos en el lugar. Una comida de despedida, un paseo por sus calles, una copa larga y sosegada. Una larga velada nocturna. Un buen regalo. Todas mis añoranzas.
Emprendo una nueva etapa. Nuevos rostros, nueva gente. Supongo que nuevos amigos. Me va costar dejar el sitio.
Hoy emprendo una nueva escalada.
¿Alguien me acompañará en este ascenso?